A modo de presentación personal querría compartir una historia que escribí hace unos años, se titula:
Ashara, la princesa que no descansó hasta encontrar el Amor y llevarlo de vuelta a su Reino
Tiempo atrás dibujé en letras el título de una historia que jamás sería escrita, pero que tal vez ha sido pintada en el país de los sueños eternos como una realidad que se ha hecho manifiesta desde los más sutiles planos de creación hasta la más aparente realidad física. El nombre de la historia era: “Ashara, la princesa que no descansó hasta encontrar el Amor y llevarlo de vuelta a su Reino”.
Hoy puedo decir, con el corazón pleno de gozo, que la historia se ha cumplido más allá de toda forma y de toda limitación, pues el Amor no puede dejarse igual que no puede dejarse la vida. El Amor no puede olvidarse, el Amor es lo más sublime, lo más poderoso, lo más extraordinario, lo más espectacular, lo más gozoso, lo más simple, lo más maravilloso que tenemos por derecho propio, por decreto divino, como hijos del Creador. El Amor nos pertenece, nos corresponde, nos inunda cuando sabemos verlo y sentirlo, y nos encuentra cuando estamos listos para recibirlo.
Más el Amor no puede dejarse jamás, porque el Amor es eterno como eterna es la vida. El Amor es ilimitado como lo es la misma existencia. El Amor es dulce y amargo, es grande y pequeño, contiene todas las formas y todas las formas lo contienen a Él. El Amor es aquello que vinimos a buscar desde el principio de los principios, para llevarlo de vuelta a casa.
El Amor en la tierra es el Amor en la eternidad. El Amor de los cielos es nuestro Amor de verdad. El Amor manifiesto es nuestra esperanza infinita. El Amor encontrado es nuestro mayor tesoro. Cielo y tierra se unen cuando el Amor se recuerda, para así recrear junto con la vida el paraíso encontrado, el Edén manifestado en donde el Amor pueda existir y coexistir con la vida toda.
Así pues, tuve el privilegio de escuchar mi corazón y encontrar el amor verdadero y luego llevarlo de vuelta a casa, es decir, recordar su eternidad más allá de tiempos, espacios, distancias y formas
Hoy y cada día quiero compartir ese privilegio, ese gozo infinito de estar en casa aquí, de vivir el cielo en la tierra y de ser completa en amor aún permaneciendo en soledad
Porque el gozo es completo cuando se comparte, y la dicha de compartir nos devuelve el sentido real de que somos uno y lo mismo, espejos unos de otros, buscando lo mismo, deseando lo mismo, con nuestras individuales sutilezas y nuestros logros que nos hacen únicos y exclusivos, inimitables, pero, a fin de cuentas, lo mismo en la esencia
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